La universidad como experiencia neoliberal

 

En el marco del debate sobre el veto al financiamiento universitario firmado por el presidente Javier Milei, surgen algunas preguntas inquietantes. ¿Cómo es posible que un número significativo de graduados de universidades públicas se oponga al financiamiento de las mismas instituciones que los formaron? Es decir, ¿cuánto puede resquebrajarse su identidad universitaria? La respuesta rápida y poco reflexiva sería que apoyan el programa de gobierno de Milei, y ya. Posiblemente algunas de estas personas sí, otras quizás no. Lo que sabemos es que esa respuesta no agota para nada el vacío de análisis en torno a una aparente desafiliación universitaria. Primero, porque revista una paradoja: existen personas recibidas en universidades públicas, con el atributo diferencial de un título de grado,  junto al orgullo familiar que eso significa y que, así y todo, no encuentran en la universidad pública un emblema que puedan hacer propio. Segundo, porque no podemos reducir la lectura a una cuestión de actitudes, que existen en alguna medida pero que solo subsume las presunciones ideológicas. Y se sabe: la realidad material, tarde o temprano, subordina toda presunción ideológica. Tercero y último, no se trata particularmente de sectores sociales más vulnerables que padecen exclusiones simbólicas en el marco de sus interrumpidas trayectorias académicas. Hablamos de las clases medias aspiracionales, que llegan a las universidades con todos los capitales incorporados que les posibilita un recorrido académico relativamente exitoso: obtener el título de grado. ¿Existe realidad más material que esa?

Comentarios